PARA DESPUÉS DE MI VIDA (2019)
- Leonardo Levinas

- 19 feb
- 5 Min. de lectura
¿Dónde se van a ir mis cosas después de mi muerte irrefutable?
¿Hacia dónde los recuerdos que agradece mi memoria?
¿Qué será de mi niñez cuando se convierta en el pasado de nadie?
¿Hacia dónde la música que entró en mi cuerpo y revelaba mi interior? ¿Hacia dónde
los aromas que perduraron por veranos?
¿Hacia qué lugar lejano los silencios que callé?
¿Y los perfumes de los cuellos, la penumbra y el incienso de los templos, el recuerdo
del aroma a talco de un bebé?
¿Hacia qué lugar del tiempo, de aquel fin de semana con amigos?

¿Dónde se perderán los regalos que logré descifrar con ansiedad, antes de abrirlos?
¿Las comidas que inauguré en mi boca, las repuestas que vieron la luz cuando hice que
perdieran sus secretos…?
¿Qué va a ser de aquel cumpleaños en el que por fin asumí la adolescencia, de los
escalones de mi casa que solamente yo conté, de los relojes que no dejaban de marcar
las horas cuando yo dormía?
¿Qué será de las almohadas que torcían mi cabeza, de las colchas abrigadas por mi
cuerpo?
De aquella lámpara ahora encendida por un milagro de estos dedos.
¿Dónde se irán mis dedos sin ya nada que tocar?
¿Y los nombres que le puse a las mascotas?

¿Hacia qué lugar imaginario se irán los espejismos que vislumbré en el asfalto caliente o
la ilusión de algún horizonte confuso hacia el final de un camino sinuoso, o los árboles
curvados flotando en el viento del calor?
¿Quién le echará una mirada a las películas que protagonicé como si yo mismo hubiese
estado en su interior?; ¿qué será de las butacas que aguantaron mi emoción ante el llanto
de un actor?
¿Quién recordará mis impertinencias en la escuela, las travesuras que casi adelantan mi
muerte, los secretos que le dije a una mujer?
Ya nadie develará la confesión de mi involuntaria traición a las cosas que hoy, ya
desamparadas, habían sido mías.
¿Qué sentido adoptará mi nacimiento? ¿Qué será del alma de todas las hormigas que
conté?

Desaparecerán por fin los números, las letras, las notas musicales, los tic-tacs del reloj
que me dejó mi abuelo.
Ya no habrá nadie que comprenda, con mi propio asombro, la desmedida confianza del
trapecista, ni dude de los magos y conejos; ni advierta el recelo que los domadores le
provocan a sus fieras asustadas.
¿Quién evocará a la lluvia retumbando en una carpa junto a un lago? ¿Quién observará
el paisaje encerrado en un cañón? ¿Quién a esa montaña que parecía mirarme a los
ojos? ¿O a la isla que más ansié, situada en el centro del mar y equidistante de todo?
¿A quién hipnotizarán las gaviotas burlándose del viento?
¿Dónde irán a parar las cartas de mi madre, la tinta en las postales que perdí, las fotos
arrugadas para la mirada de nadie?
¿Hacia dónde volarán las páginas que jamás pude llenar, dónde irá el agua fría que el
fuego aliado calentó, las partículas de aire de mis últimos suspiros?
¿Cómo será el cesar del vértigo que repetía en la montaña o en el filo de las medianeras
que escalaba en mi niñez? ¿Y mi temblor adolescente ante la inesperada desnudez de
una mujer?
¿Cómo desaparecerá la imagen de mi alegría en aquel antiguo espejo que rompí, las
risas que produje en los demás, el sonido de un chillido involuntario, la celebración de
una noticia trivial?
Ya nadie llevará a mi boca el regalo de un bocado. Nadie morderá sus labios ni morderá
una fruta deliciosa frente a mí.
No más concederle un cigarrillo impertinente a mis pulmones Ni apagar antes de tiempo
una vela, regalándole otra vida. Ya no más imaginar la arrogante aparición de Dios en
una nube.

¿Qué quedará del primer día de colegio, de las páginas del libro más largo que leí, de
los dos siglos en los que viví?
¿Hacia dónde irán las secuelas que alguna vez dejaron mis palabras, quién cuidará de
los regalos que me hice, quién leerá la lista de los viajes en los que deposité mi vida en
los lugares?
¿Dónde quedará mi sensación de unicornio, mi réplica a una ola de calor ocasional, las
formas que detenta el estupor, el sutil impulso a saborear el licor, encerrado en un
cristal?
¿Y mi estilo de perder las cosas o el desorden de mis cuartos…? ¿Dónde irá a parar el
escudo de aquel llavero que jamás encontraré?
¿Y mi ropa usada de la que nadie preguntará de quién fue?

¿Cuando se olvidará el timbre de mi voz nasal?
Nunca más mis oportunas e inoportunas ocurrencias;
mi sentimental atención a los rincones,
mi sincera intención de sentir culpa.
Ya nadie sonreirá conmigo, cómplice de un chiste.
¿Dónde estará mi voz que repitió “te quiero” tantas veces?
¿Dónde las vendas que usaron mis heridas?
¿Dónde el polvo de mis huesosdescompuestos?
¿Y mis cenizas?
¿Qué será de mis hijas…? ¿No serán hijas de nadie o serán mis hijas para siempre?
No estaré más, al igual que un dios inexistente.
¿Cuál será el destino de las arenas que se pegaron a mis pies, el de las imperceptibles
migajas de polvo del Himalaya o de Fez que aún conservan unas viejas zapatillas?
¿Qué será de las huellas que dejé en la plaza hoy por hoy desmantelada? ¿Dónde estará
su calesita que seguía con mis ojos? ¿Y los autitos de plomo despintados que empujé
hacia las paredes? ¿Qué será del todo, ajeno ya de mi futuro?
¿Adónde irá a parar el rojo del rubor, el terco celeste en un cielo anónimo, el amarillo
del sol ondeando en la bandera, el perpetuo color castaño de una piel? ¿Y adónde el
negro azul si tampoco habrá noche?
Nunca más el recuerdo de mi padre aplaudiendo en un acto escolar, o mi madre
corrigiéndome el cuaderno. ¿Y las maestras pendientes de mis desatenciones?
El asombro compartido con los niños… El color de las paredes que pinté…
¿Y qué de mi tendencia al azul…? ¿Y qué de mi fastidio por el verde?
¿Qué será de mis abuelos, ahora sí, definitivamente huérfanos de un nieto?
¿Qué será del Sol cuando deje de alumbrarme o de la estrella que una vez en una playa
señalé?
¿Quién extrañará todo eso cuando yo no sea más el único encomendado a espiar mi
vida? ¿Quién recordará a esos muertos olvidados a los que solo yo suelo evocar?
Ya nadie extrañará mis cosas, ni las casas que habité. Ni tampoco esas caminatas que en
ocasiones repetí…
Denme, si lo desean, otros sesenta y cinco años y quizás logre responder a estas
preguntas.




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